Los cocineros, la mesa y los riesgos
II Festín de los Muñecos ‘06
Los cocineros, la mesa y los riesgos
por Cecilia Andrés
Guadalajara, hermosa ciudad, bellas mujeres, su alma de provinciana contenida todavía en su nueva fachada de ciudad cosmopolita. Su olor a tierra mojada que solamente se respira, para fortuna del festival y sus participantes, al final, cuando salimos del Teatro Diana y el último espectador se marcha a casa. Entonces, cae la lluvia.
Conocí a Ana y Miguel Gutiérrez en 1999, en nuestra primera asistencia al festival de Monterrey. También conocí a Leonardo, Jacqueline y Jonathan con quienes más tarde integrarían el grupo Chololito. Los cinco fueron una grata revelación en el escenario. Tenían lo que una busca y encuentra raras veces: pasión, talento, avidez por el conocimiento, autocrítica. Aposté por ellos: cuando se escindieron en Tlakuache y Luna Morena, confieso que me dolió, sobre todo porque acababan de realizar un espectáculo hermoso. Como es obvio, los putée bastante por ello. Sin embargo, juntos, separados, ninguno de ellos me ha defraudado hasta ahora. Están allí, dispersos y pasionales como Jonathan, obstinados como Leonardo, fuertes como Jacqueline, mesurados e intelectuales como Miguel, frenéticos como Ana; son padres, madres, un soltero, persisten en los viejos afectos, la vieja ética y la a menudo olvidada estética, y lo hacen de esa manera cálida en que florecen las cosas bellas.
El cuatro de junio llegamos a Guadalajara para participar en el Festín de los Muñecos ’06 que organiza por segunda ocasión la compañía Luna Morena con el apoyo del municipio de Zapopan, el Museo de Arte de Zapopan, Conaculta-Fonca, Cultura UDG, Teatro Diana, Instituto de Cultura de Zapopan y Verdiseño.
Luna Morena, cuyos integrantes son lúcidos y organizados ha sabido rodearse de un excelente equipo multidisciplinario que incluye a padres y madres, hijos, hermanos y parientes de todos los que participan en él. No solamente nos han cubierto de atenciones y solucionado todo con eficiencia sino que nos han hecho pasar días llenos de títeres y entrega. Siempre presentes, siempre dispuestos, con una excelente distribución de roles, solícitos en el momento preciso, eficaces en la resolución de los problemas, atentos a cada detalle, llenos de buen humor y afectuosos.
El público rebasó toda expectativa y colmó las salas a tal punto que, dos veces, hubo necesidad de duplicar funciones. Ni la sala del MAZ ni las del Teatro Diana fueron suficientes para contener tanto entusiasmo.
Asimismo, la asistencia al taller impartido por Claude Rodrigue y Marie Pierre Simard se vio precedida de una avalancha de reservaciones que dejó a muchísima gente fuera. La excelencia es lo que caracterizó a los resultados en cuanto a la variedad de técnicas, la creatividad, la notoria libertad en la búsqueda, y la belleza. Algo pocas veces visto y que habla de la avidez de un grupo de alumnos por aprender y la impecabilidad de unas maestras al enseñar saltándose las obvias barreras del lenguaje. Fue alentador y emocionante ver todas las posibilidades plásticas y dramáticas de tantos jóvenes que, ojalá, opten por la construcción de títeres como oficio vital.
Es claro que lo anterior, así como la impresionante asistencia a espectáculos de títeres para adultos (fueron cuatro) que pudimos ver, algo insólito en muchos sitios, son el resultado de la amplia labor desplegada por la compañía huésped y los titiriteros de Jalisco entre el público joven y el adulto.
La difusión del festival fue buena. El diseño de los programas y el cartel, las camisetas, obra de Juan José García en VerDiseño, fue puntual, eficaz, hecho con esa calidad que sólo se obtiene cuando hay un interés personal que rebasa la mera transacción comercial.
La prensa, cosa rara, acudió a todas las funciones y entrevistó a muchos y publicó notas de todos, previas y posteriores. Estuvieron atentas las radios locales y presente la televisión de la UdeG, la cual grabó casi íntegro el festival.
Un detalle que quiero resaltar es que los organizadores se encargaron de contratar un equipo técnico sumamente eficaz que nos atendió como pocas veces ocurre. Preocupados por cada detalle técnico de la función, comprometidos con ella, cuidándome, probando una y otra vez las cosas, en busca siempre de la impecabilidad. Sé que ésta no fue la opinión de varios de los grupos, pero quiero remarcarlo porque muchos festivales adolecen justo de este aspecto y algunos intentan justificarlo con el viejo truco del oficio itinerante, la capacidad de presentarnos en cualquier sitio por inhóspito que sea, como sea y haciendo lo que sea (lo cual ha dado como resultado una enorme cantidad de ‘obritas’ al vapor que andan por ahí y gente que vive a costa de un oficio que desconoce por completo, en detrimento del gremio, del oficio mismo y de la formación de públicos).
En esta ocasión, la organización del festival decidió privilegiar el pago de honorarios dignos y los gastos de transporte por encima de los gastos de hospedaje, con lo cual se redujo la estancia de los grupos en hotel de cinco estrellas a dos días y dos noches. A cambio, se abrieron las puertas de las casas particulares de los compañeros y amigos para quienes, como nosotros, pudieran y quisieran permanecer más días. Así lo hicimos Lourdes Aguilera, Fernando Mejía y nosotros, que ocupamos tapanco y piso del taller de Luna Morena.
Aquí, intercalo un largo y profundo suspiro para expresar la nostalgia que siento por aquéllos viejos tiempos en que el neoliberalismo no había hecho de las suyas y existían en las alturas burocráticas algunos promotores culturales realmente interesados en su quehacer que hacían posible la locura de los festivales, organizados a menudo por titiriteros, donde podíamos vernos todos, amarnos y odiarnos juntos, dar múltiples funciones, compartir la sal y el pan y compartir comedias y tragedias del diario vivir en este oficio. Esas semanas donde un profundo sentido de pertenencia a una comunidad nos invadía, co-fundía, integraba.
En alguna esquina, entre Dictadura y Dictablanda, entre TLC y OMC, entre Carlos & Charlie, hemos perdido la conciencia de lo que nos han arrebatado sin luchar apenas: nuestra identidad gremial.
En tiempos de deshumanización progresiva en que la fuerza de trabajo tiene el precio más bajo del mercado y la carne humana es arrojada sin rubor al fuego, no es extraño que nos vendamos todos al precio que nos paguen y lo entreguemos todo, incluso el alma. Sólo que, ¿qué puede ser un titiritero sin su alma? ¿Qué puede hacer si vende su instrumento de trabajo, su herramienta única e imprescindible?
Por lo pronto, los integrantes de Kobol conservan la suya en buen estado, atendidos por el gran apoyo que el gobierno de Québec ha otorgado a sus artistas desde hace algunas décadas.En Bonitos duelos, pequeñas historias para adultos, hacen gala de tecnología, impecabilidad en el gesto y las acciones, una animación pulcra y un humor en tonalidades que van del blanco al negro. Los había visto ya en Charleville en el 2003 con una obra superior a la que ahora trajeron, más conmovedora (Eko, divertissementnocturnes pour marionnettes consentantes).
Los integrantes de Tlakuache, en cambio, tienen las suyas más frescas, más emocionadas, su desorden es poético, su plástica, brillante. Jurakán, el corazón del cielo es una obra de Jonathan que mezcla mitos mayas, griegos y derechos de la niñez en un coctel ecléctico que logra aterrizar en la poesía.
Heredar el alma trae complicaciones, sutiles rebeldías en la continuidad, subversiones que se notan en los hijos del tigre que son ‘pintitos’ pero merodean algunas flores y ejecutan guiños y exhiben un manejo de público que envidiarían varios comediantes. Son los hijos de Nacho Cucaracho, el equipo B de La Cucaracha, con sus técnicos menores de doce años y su animadora principal de apenas veinte, además de otros hermanos y amigos. La tierra de arena es una serie de cuentos cortos que conserva el sello del patriarca y anuncia una poética que lo suceda.
Algunos tienen el alma sin entrenamiento intenso y sus títeres tienden a agitarse demasiado. Es el caso de Flor de juegos antiguos, presentada por el grupo de la SEJ, donde a la prosa nostálgica de Agustín Yañez la rescata el trabajo actoral y en los títeres se notan las carencias.
A Luis Martín Solís no lo veía desde Fausto. Esta vez, con su compañía En Boca de Lobos Producciones, nos entregó Otelo o la mecánica de la intriga una versión fársica de la obra de Shakespeare que revelaba la proximidad y obvia equivalencia con nuestra triste realidad (y eso, antes de la farsa electoral celebrada el 2de julio, la más cara y obscena de la historia). Al verla, me hice la pregunta: si a Luis Martín no le gustan los títeres, y mucho menos los titiriteros, como ha declarado varias veces, ¿por y para qué los utiliza en esta puesta en escena? Su estética es tan brutal como los manejos políticos y cotidianos que refleja pero, ¿qué pasa si además nos intenta decir cosas utilizando un lenguaje del que se jacta renegar? No pasa nada. Al menos a mí, no logró conmoverme ( y eso que soy fácil para eso de la piel chinita y la búsqueda en la bolsa, infructuosa siempre, reflejo de aquellos antiguos años en que llevábamos pañuelos de tela). Como Fausto, Luis Martín parece haber perdido su alma en una apuesta con sus propios demonios.
La Coperacha presentó Obra negra, un enlace con la danza contemporánea que puede ser una búsqueda interesante para los títeres, basada en dieciséis de los Caprichos de Goya. Una obra que se halla todavía en proceso. Lástima que sólo fue un fragmento que no permitió ver el avance de la integración de ambas disciplinas.
Hugo e Inés eran, tal vez, otra cosa. Hugo sin Inés nos mostró Cuentos pequeños, serie de historias cortas sin palabras, donde pudimos ver a un excelente mimo, algo aburrido y desencantado, quizás cansado de sus propias rutinas. Un alma vieja, me temo.
Algunas almas siguen preocupándome.
Tres de los espectáculos que vimos, Pillo Polilla (Lourdes Aguilera, sobre una historia de Viviana Mansour), Harún y el Mar de Historias (Las Mentirosas, sobre la novela homónima de Salman Rushdie) y Una Luna entre Dos Casas (Marionetas de la Esquina, en una versión propia de la obra de Suzanne Lebeau) son resultado de la interacción de las compañías mexicanas con dramaturgos, directores, escenógrafos y constructores provenientes de Québec que ha posibilitado el festival Titerías. El proyecto resume los sueños de un titiritero: apoyo económico para la producción, una asesoría exquisita y una temporada en salas de la ciudad de México, luego… el salto al cielo… o la caída…
Si bien el crecimiento plástico y técnico, la construcción de los títeres, la escenografía, los vestuarios, los teatrinos, etc., es notable, no puede decirse lo mismo de la estructura dramática, ni de la dirección o las actuaciones, mucho menos de la coherencia ideológica o, cuando menos, del discurso. No parece haber claridad en lo que se quiere decir ni en la manera de decirlo y el resultado es que ninguna de las expectativas es cubierta, los espectadores de cualquier edad se aburren o no entienden nada.
Y una se pregunta, ¿qué nos pasa? ¿Qué tipo de escalera necesitamos para llegar al nivel indispensable? ¿Dónde nos quedamos empantanados? ¿Por qué razón la poesía se nos escapa y quedamos vacíos, sin emoción?
¿Por qué con tanto ha sido hecho tan poco?
¿Las almas de los titiriteros están condenadas al purgatorio de bajo presupuesto y a los gastados recursos de pedir al auditorio que llame al personaje mengano para que salga, o que avise por dónde se fue el malo de la historia, o que aguarde al presentador que será presentado por el presentador que…?
He dejado al final lo que debería ser un final feliz pero es solamente la apariencia de un final feliz. El teatro de títeres en la postmodernidad neoliberal puede ser una producción similar a una película.
El Thèatre de la Dame de Coeur (sí, la reina que decapitaba cabezas en Alicia), por cortesía del Teatro Diana, nos ofreció un mega espectáculo denominado Armonía. Títeres gigantes, proyecciones computarizadas, traducción al español, interactividad, una historia que lleva el mensaje de salvemos al planeta, una producción magnífica. Creada como una coproducción Québec-Japón, Armonía nos muestra, por un lado, las inmensas posibilidades del títere como espectáculo de masas (dos mil doscientos espectadores por función, p.ej.) y, por otro, sus peligros. Congregar un número tan grande de espectadores no puede sino beneficiar al teatro de títeres en cuanto a impacto, presencia en medios, formación de públicos, etc. El problema reside en lo que ya señaló muy bien Pink Floyd en su film The Wall: que todo espectáculo masivo tiende, inevitablemente, hacia el fascismo, la manipulación emocional, el control político. La zanahoria es, por supuesto, el éxito y sus derivaciones económicas.
Como se ve, nuestras almas corren riesgos en este purgatorio de Dante, actualizado por el neoliberalismo con hipertecnología. El títere corre el riesgo de quedarse sin alma, o de tener un alma mercantilizada, un alma económicamente sustentable; una que se extravía en la producción, otra perdida en el control rentable de la infancia, alguna que balbucea un discurso subversivo que nadie entiende, varias que aparecen en anuncios comerciales, escasas que, políticamente más conscientes, encabezan las manifestaciones contra la OMC, el Banco Mundial, los países del G-8, los fraudes electorales; y algunas, poquísimas, empeñadas en la lucha ética, estética, dramática.
Guadalajara, Guadalajara, ayayay, ayayay, con tus palomas, tus caseríos, tus Tlakuaches, tu Luna Morena, Ana, Liliana, Miguel Angel…et al, hay una nostalgia intensa… del teatro de títeres… de los afectos…
¿Qué haremos como gremio? ¿Vendemos el alma, la empeñamos y perdemos? ¿Vendemos solamente la franquicia?
